jueves, 9 de febrero de 2017

La gratitud de la última Navidad: víspera de Reyes en la planta de oncohematología de Santa Lucía

Víspera de Reyes. Cartagena. En la calle, multitud de personas se encuentran en el puerto esperando a sus majestades de Oriente. Caras sonrientes, nervios y, sobre todo, ilusión, mucha ilusión.
Voluntarios y Reyes Magos animan con su visita a los enfermos
A solo tres kilómetros de esta imagen se encuentra otra muy distinta. Muy distinta solo en apariencia: una planta de un hospital llena de enfermos de cáncer, esperando en sus camas que pase un día más de ingreso hospitalario; pero ese día va a ser muy especial. Tres estudiantes de la Escuela Universitaria de Enfermería de Cartagena dejan por un momento su rol de estudiantes y se convierten en SS.MM. de Oriente, llevando a la U 55 del hospital Santa Lucía alegría y esperanza. Mariale, Alfredo, Laura y Conchi se transforman en Melchor, Gaspar, Baltasar y el paje real.
 
Y sucede lo inesperado: la planta de oncología se transforma durante dos horas en un lugar donde reina la alegría. Sus majestades regalan a cada paciente ingresado un peluche -donado por IKEA Murcia-, pero realmente el peluche es lo de menos. Los enfermos de cáncer son personas sabias que valoran lo realmente importante de la vida. El sufrimiento es su compañero de viaje y les hace ser más profundos. En esos tres Reyes Magos descubren generosidad, esperanza e ilusión.
 
Son muchas las anécdotas que se podrían contar de esas dos horas, pero me quedo con una: en una habitación hay una señora que se encuentra a punto de fallecer. Sus majestades no entran a la habitación, pero sus hijos salen de la habitación y se encuentran con ellos. Les dan un gran abrazo, hablan un rato, intercalan unas frases y en sus ojos se ve el agradecimiento. Uno de los hijos, al final, les dice que uno de los momentos más duros de la vida de una persona es la muerte de una madre y que estos estudiantes han conseguido que "el recuerdo de la muerte de mi madre esté acompañado de sentimientos de amor y esperanza".
 
Para muchos de estos enfermos este ha sido su último día de Reyes y ellos lo sabían. El sentimiento que quedó después de la visita de sus majestades fue de profundo agradecimiento.
 
Uno se pregunta quien ayudó a quien. Por supuesto ¡sin lugar a dudas! los enfermos. Ellos aportaron a sus majestades mucho más: les dieron su agradecimiento y la humildad de dejarse cuidar.

lunes, 16 de enero de 2017

La ilusión de volver a ser un niño: reparto de peluche de IKEA en el hospital Santa Lucía

Soy voluntaria de la Fundación FADE en el Hospital Santa Lucía desde hace un año y medio, aproximadamente. Junto a mi equipo de los jueves y a mi compañera y amiga inseparable trabajamos y jugamos con los niños en el hospital, bien en la ludoteca o a pie de cama.
 
Por mi experiencia os podría decir que cuando se abre el ascensor de la planta entro en un “mar de ilusiones”, como ellos lo llaman, donde pasamos dos horas en las que navegamos entre risas,  juegos y ayuda -en forma de descanso- a los familiares, que al final son los que mas sufren de ver a sus hijos. No os podéis imaginar lo que se siente y se aprende cuando se trabaja con niños: te vuelves unos de ellos. Soy de las que cree que las personas nunca debemos perder ese “niño” que llevamos dentro y es ese niños el que hace que en momentos  difíciles como los que se viven en el hospital sepamos luchar y vencer muchas enfermedades. 
 
El otro día tuve la oportunidad de participar con mis  compañeras en el reparto de peluches que nos donados por IKEA Murcia. Nuestro destino fue la planta de oncohematología: planta dura y difícil, pero a la vez  un ejemplo de lucha y un seguir adelante que hace que sean ellos los que se conviertan en maestros y ejemplo para todos nosotros. Siempre he pensado que todos tenemos "un don" que hace que nos podamos ayudar unos a otros.
 
Cuando se está en los hospitales y se trabaja con enfermos el valor humano es casi mas importante que la medicina. El equipo de Enfermería que trabaja en esa planta es genial: sacaron un equipo de música,   cantaban al entrar a las habitaciones, lloramos, reímos,  repartimos peluches a todo el mundo, incluso a los que ya no creían o no querían creer en los Reyes Magos. A pesar de ser duro me gustaría que hubieseis visto como abrazaban esos muñecos  y agradecían esos momentos.
 
Lo que más me impresionó fue una madre que estaba hospitalizada y su hija, una niña pequeña que entraba y salía de la habitación en busca de peluches que intercambiaba con ella y entre risas y caricias compartían ilusiones y olvidaban donde estaban. 
 
A lo largo del tiempo pasamos y vivimos muchas etapas. Os podría decir que para mi una de las mejores es la que estoy viviendo como voluntaria. Durante este tiempo he aprendido a valorar, apreciar, luchar, escuchar y agradecer por vivir esta oportunidad y encontrarme a niños, familias, compañeros, enfermeros, amigos y personas que me  han aportado mucho.
 
Así que deciros que “la mejor medicina puede ser uno mismo”.
 
Voluntaria con menores hospitalizados en Santa Lucía

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La sensación de hacer felices a otros es de lo más valioso que te aporta el voluntariado

No te imaginas el impacto que pueden tener dos horas en tu vida. Cuando empiezas como voluntario, con todos los nervios y las dudas iniciales, no se te pasa por la cabeza que esas dos horas -a priori tan insignificantes- pueden acabar convirtiéndose en el mejor momento de tu semana.
Carmen (primera a la izda.) junto a un grupo de voluntarios y menores
Sobre todo cuando trabajas con niños, donde nunca hay pausas, pero nunca faltan sonrisas. Por ellos el tiempo pasa más deprisa y tú estás ahí para verlos crecer, ver cómo aprenden, ver cómo cada semana son un poquito más diferentes de los niños que conociste el primer día. Les coges cariño y ellos a ti; y terminas yendo al voluntariado cada vez con más ilusión, deseando saber cómo les habrá salido aquel examen que tenían, que te cuenten qué tal esa excursión con el cole y ver cómo se les ilumina la cara en cuanto ven que estás ahí, prestando atención y que tu tiempo es para ellos. Al final, los niños y el equipo de voluntarios terminan siendo como una familia súper especial.

Aunque estamos allí como “profes”, la mayoría de veces son ellos los que nos enseñan a nosotros: al hablar con ellos; estar ahí y escuchar lo que tienen que decir; la felicidad en sus caras, que es contagiosa. Son niños, pero antes que nada son personas, y necesitan que haya alguien ahí que los ayude, los guíe y, especialmente, los aprecie. La recompensa es incalculable porque el amor de un niño no tiene precio.

Un momento del taller de ocio en inglés
Por supuesto que no todos los días son fáciles: hay peleas, días en los que estás cansado, días en los que lo están ellos. Pero no hay ni un solo día en el que los pros no superen los contras. Por cada discusión que tienes con un niño, siempre hay un dibujo hecho especialmente para ti. Por cada día que decides ir aún estando cansadísimo, siempre hay un juego divertidísimo que te devuelve la energía. Por cada vez que llegas con una cara triste, siempre hay un montón de abrazos. Por cada hora que les das, hay un millón de sonrisas.
Todos los días como voluntario se aprende algo nuevo. Da igual si llevas en esto tres meses o tres años. Esa sensación de estar haciendo felices a otras personas es una de las cosas más valiosas que te aporta el voluntariado. Porque aunque todos entramos en esto con la idea de dar nuestro tiempo a otros, nadie se va sin haber recibido mucho más a cambio. 
Carmen, coordinadora del taller de ocio en inglés en el C.M. García Alix 

viernes, 7 de octubre de 2016

Un paseo que marca la diferencia

Hace un par de años iba paseando por la Catedral cuando observé a un grupo de mayores acompañados por unas personas con "chalecos rojos". La escena captó inmediatamente mi atención y me interesé por ellos. Así fue como conocí la Fundación FADE y me metí en el maravilloso universo del voluntariado.
Foto de grupo de voluntarios y mayores en la plaza de la Catedral
Llevo desde aquel entonces trabajando como voluntario con niños en el colegio San Andrés. Ese había sido mi primer y hasta el momento único contacto con este mundo. Siempre tuve ganas de probar otro tipo de voluntariado, así que cuando llegó el correo pidiendo gente para acompañar a los ancianos del Centro de Día Siervas de Jesús en el paseo hasta la Catedral de Murcia (con la visita a la Virgen de la Fuensanta incluida), no lo dudé y me apunté.

El día indicado llegué al Centro de Día sobre las 9:30 de la mañana y lo primero que vi (aparte de muchos voluntarios con los ya famosos chalecos rojos) fue a un gran grupo de mayores con caras de ilusión y expectación; se notaba que tenían ganas de recorrer el itinerario. Una vez que estuvimos todos, nos asignaron a cada uno un anciano al que acompañaríamos durante el camino. A mí me tocó Juan Antonio, un señor del que no conocía nada, pero del que pronto sabría mucho, y con el que entablaría una corta pero entrañable amistad.

A continuación pusimos rumbo a la Catedral y empezamos a conversar con los que serían nuestros compañeros de viaje durante el trayecto. Enseguida supe que Juan Antonio era canario, que fue un estricto profesor de matemáticas y que llevaba muchos años viviendo en Murcia porque sus hijos trabajaban aquí. El dato acerca de su ciudad de origen y mi pasión por el fútbol me animaron a preguntarle por Las Palmas y su buen inicio de liga. Juan (me dijo que lo llamase así) compartía mi afición,y eso hizo que conectásemos pronto y tuviésemos una agradable charla. De repente, miré a mi alrededor: mis compañeros también dialogaban alegremente con los mayores que les habían asignado; ellos tenían ganas de hablar y nosotros de escuchar. Hicimos una parada en Santo Domingo para esperar al resto del grupo y nos encaminamos hacia la Catedral, donde estaba La Morenica.

Al llegar allí, los rostros de ilusión aumentaron. Algunos de los ancianos simplemente querían disfrutar de la salida (como era el caso de Juan), pero unos cuantos tenían muchas ganas de ver a la patrona de Murcia. Por ejemplo, recuerdo a una señora que había estado algo callada durante el camino, pero que al ver a La Morenica le susurró un "guapa, guapa y guapa" visiblemente emocionada que nos hizo sonreír a todos los que la rodeábamos. 

Una vez finalizada la visita, nos dirigimos al Centro de Día. Al pasar por Trapería éramos ya un cúmulo de chalecos rojos con caras sonrientes y la gente nos miraba con curiosidad. Espero que alguno de esos viandantes acabe descubriendo el voluntariado como me ocurrió a mí.
Algunos de los ancianos durante el camino de regreso
Al arribar a nuestro destino, a los mayores les esperaba la comida y a nosotros un aperitivo preparado por las trabajadoras del centro. Luego me despedí de Juan, y así concluyó un día especial en el que pude disfrutar de un agradable viaje con una gran compañía. Una vez más volví a darme cuenta que hace falta dar muy poco para recibir mucho, y que ese poco que damos supone una gran diferencia para quien lo recibe.
 
Feli

viernes, 16 de septiembre de 2016

Estos cinco años como voluntaria no los cambiaría por nada. Es una experiencia inolvidable y enriquecedora.

Mi idea de un niño hospitalizado era errónea: me los imaginaba convalecientes, tristes y doloridos. Ese era especialmente mi temor. Cuál fue mi sorpresa al descubrir la capacidad de adaptación que tienen, en general, ante la enfermedad. Los niñ@s que he atendido hasta ahora, en su mayoría, se han mostrado como son normalmente: niños deseosos de jugar y de romper la rutina de estar en un sitio en donde no pueden hacer su vida habitual.

Lidia junto al su equipo de voluntariado
Recuerdo al primer niño que atendí: Alejandro. Juntos hicimos una máscara para Halloween. Después me pidió que dibujara a un jugador de fútbol, entre risas y ante mi poca destreza artística, llegamos a un acuerdo y terminé dibujándole el escudo de su equipo de fútbol favorito. De esta forma tan sencilla logramos conectar y pasar una mañana divertida.

En otra ocasión estuve con otro niño en su habitación, esta vez estaba recién operado pero quiso hacer la actividad. La idea era dibujar un animal salvaje. Él dibujó un mono y después se sintió mareado. Avisé a la enfermera y después de examinarlo quiso continuar conmigo, aunque esta vez fui yo la que completó su dibujo dibujando una selva. Seguí sus instrucciones haciéndole partícipe de todo. Cuando acabamos mostró orgulloso su dibujo a su hermano mayor y al resto de su familia.

Ya no es sólo el compartir ese espacio con los niños pasando momentos maravillosos e inolvidables, sino que además ayudamos a que los padres o cuidadores tengan un tiempo de descanso de lo que supone la preocupación por el niño y el deseo de su pronta recuperación y regreso a la vida normalizada. En ese sentido siempre nos han recibido con una sonrisa y muy agradecidos. Tanto ellos como los niños que casi saltaban de la cama cuando nos veían aparecer por allí.

Otra anécdota fue en el aula hospitalaria que el Hospital Virgen de la Arrixaca nos cede para estar con los niños. En esta ocasión entró un niño bastante enfadado, llegó incluso a insultar a la voluntaria que estaba con él ayudándole a hacer la actividad. Yo, como coordinadora del grupo de voluntariado en ese momento, le dije que en ese espacio que compartíamos no nos hablábamos así, sino con buenas palabras. Y por el momento no le presté más atención. Cuando faltaba media hora para acabar, sustituí a mi compañera y me puse al lado del chaval. Lo primero que hice fue interesarme por lo que estaba haciendo y preguntarle si podía ayudarle en algo. Terminamos charlando acerca de su enfado, de cómo nos sentimos en momentos difíciles, de la necesidad de cuidarse y controlarse en momentos de ira, puesto que puede hacerse daño o hacer daño a otros sin querer, y de lo importante que es el tener a veces con quién hablar cuando se siente así. La manera en cómo se fue al salir del aula fue espectacular: sonriente, relajado y agradecido por haber tenido un momento en el que fue atendido respetando su espacio y sus sentimientos. 
Lidia leyendo un cuento a un niño hospitalizado
En muchas ocasiones, los voluntarios estamos tan preocupados porque la manualidad salga perfecta que nos olvidamos de mirarla desde el punto de vista del niño. Lo sencillo se vuelve la mejor forma de colaborar, siguiendo sus gustos, e incluso instrucciones cuando no pueden hacerlo por sí mismos, para hacerles partícipes. Así acabamos dibujando gatos de color rosa o perros con cinco patas…pero de una manera casi mágica volvemos por unos minutos a nuestra propia infancia donde todo es posible con la ayuda de la imaginación.
Todas estas experiencias no habrían sido posible si no hubiera formado parte del equipo de Fundación FADE, a quien agradezco infinitamente el haberme dado la oportunidad de colaborar en lo que ha sido mi primera experiencia como voluntaria y más adelante siendo coordinadora del grupo de voluntariado, durante estos cinco años y que no cambiaría por nada. Es una experiencia inolvidable y enriquecedora.

Lidia López, voluntaria en el Hospital Virgen de la Arrixaca

viernes, 29 de julio de 2016

La mejor medicina para los años y la soledad es una palabra de afecto

Estamos sentadas en la sala de espera de la consulta del médico. Estoy con Juana. Vive en la Residencia San Basilio. No tiene familia en Murcia y la acompaño a ver a su facultativo como voluntaria. La espera es larga y aburrida. Trato de hacerla más llevadera hablando sobre cualquier tema. Miro a Juana y  me encuentro con su sonrisa. En ella veo el cariño y el agradecimiento que tenía el gesto de mi madre cuando la escoltaba al médico y, con mi charla, la entretenía para aliviarla de sus dolores.
 
Juana me cuenta que tiene solo un hijo. Vive en Madrid y se encuentra muy delicado de salud. Viene a verla siempre que puede, pero cada vez más tarde y más enfermo. Me dice que habla con él por teléfono, pero le resulta muy difícil debido a su sordera. Siempre le cuenta que está bien; no quiere añadirle preocupaciones contándole sus achaques.

Le hago preguntas acerca de su vida. Mientras me cuenta dónde nació, dónde se casó, etc., se le ilumina la cara. Por unos momentos revive aquellos años rodeada de su familia, y su selectiva memoria borra de un plumazo la más pequeña sombra de infelicidad.
 
Ya es nuestro turno. El doctor llama a Juana por su nombre de pila. La trata con cercanía e inmensa ternura. A la vez que la ausculta, le roza la cara en una leve caricia. Es como si pensara que la mejor medicina para sus muchos años y su soledad es una palabra de afecto, una muestra de que para él es la paciente más importante del mundo.
Volvemos a la residencia. Dejo a Juana en su habitación, me despido de ella y, con sus manos en las mías, me da unas sencillas y sentidas gracias. De vuelta a casa, no dejo de pensar en ella y en cómo me he sentido con su compañía, y llego a la conclusión de que es un auténtico privilegio ser voluntaria.

Mari Carmen Andrés, voluntaria de FADE en la Residencia San Basilio

jueves, 28 de julio de 2016

"La dedicación y la atención desinteresada cura"

Sin un buen equipo no somos nada. Ésta es una de las cosas que he aprendido haciendo voluntariado en la Fundación FADE desde el año ¿2014? ¡Cómo pasa el tiempo!

La actitud del voluntario hacia sus compañeros y hacia los niños es primordial. Por suerte, eso es lo que encontré en mi grupo de los miércoles. Personas con actitud positiva, de gran corazón, responsables y con muchas ganas de divertirse.
Irene, en uno de los días de atención de su servicio
Por eso les he pedido que compartieran con todos vosotros sus pensamientos sobre esta experiencia. Aquí van algunos:

-"Cuando comencé el voluntariado, mi propósito era sacar una sonrisa. Pero ahora que llevo unos días, me he dado cuenta de lo mucho que estoy recibiendo de ellos".
Irene

-"Nosotros les damos nuestro tiempo y ellos nos regalan una sonrisa que ilumina nuestro corazón".
David

-"El primer día como voluntario de la Fundación FADE fue una sensación difícil de describir con palabras, porque sentía un cúmulo de sensaciones muy diferentes: curiosidad, impaciencia, nerviosismo… Todo era nuevo para mí. Al finalizar esa jornada, me invadió una sensación de bienestar increíble porque me di cuenta de que fueron las dos horas más fabulosas de toda mi vida por el mero hecho de haber hecho feliz a un niño. Esa sonrisa no tiene precio".
Pedro

-"Pensando en qué cosas buenas me llevo del voluntariado, me he dado cuenta de que una de ellas es ver el cambio de actitud que experimentan algunos niños cuando se les presta atención. Recuerdo haber oído decir algunas palabras a un niño que había dejado de hablar por un shock; haber visto a otro que no se reía nunca sonreír muchas veces y disfrutar de las actividades. Recuerdo a pequeños con dificultades para concentrarse en una tarea consiguiendo este objetivo y realizando una tarea cuando un voluntario se sentaba con ellos. Recuerdo haber visto aplaudir, abrazar y sonreír a una niña con dificultades para comunicarse, y a otra, que estuvo varios meses hospitalizada, dándonos lecciones de entereza. Y también he visto a muchas criaturas divirtiéndose, que se olvidaban de que estaban en el hospital. Podríamos decir que la dedicación y la atención desinteresada cura. Los nenes nos devuelven esa atención y dedicación con creces a través de sus sonrisas, sus palabras, su atención, sus lecciones y sus abrazos".
María José

A mí me gustaría recordar el caso de una niña que estuvo hospitalizada varios meses y que gracias a su esfuerzo, a la voluntad de sus padres, al trabajo de los médicos y enfermeros/as, y, sobre todo, gracias a nuestros juegos, pudo mejorar hasta tener el alta. Ella nos hizo reír, correr y emocionarnos. Nos hizo obras de arte para nosotros y, de hecho, las tenemos colgadas en nuestras casas. De esto se trata el voluntariado: de emociones.

Irene Manzanera, coordinadora del grupo miércoles en el Hospital Virgen de la  Arrixaca