viernes, 7 de octubre de 2016

Un paseo que marca la diferencia

Hace un par de años iba paseando por la Catedral cuando observé a un grupo de mayores acompañados por unas personas con "chalecos rojos". La escena captó inmediatamente mi atención y me interesé por ellos. Así fue como conocí la Fundación FADE y me metí en el maravilloso universo del voluntariado.
Foto de grupo de voluntarios y mayores en la plaza de la Catedral
Llevo desde aquel entonces trabajando como voluntario con niños en el colegio San Andrés. Ese había sido mi primer y hasta el momento único contacto con este mundo. Siempre tuve ganas de probar otro tipo de voluntariado, así que cuando llegó el correo pidiendo gente para acompañar a los ancianos del Centro de Día Siervas de Jesús en el paseo hasta la Catedral de Murcia (con la visita a la Virgen de la Fuensanta incluida), no lo dudé y me apunté.

El día indicado llegué al Centro de Día sobre las 9:30 de la mañana y lo primero que vi (aparte de muchos voluntarios con los ya famosos chalecos rojos) fue a un gran grupo de mayores con caras de ilusión y expectación; se notaba que tenían ganas de recorrer el itinerario. Una vez que estuvimos todos, nos asignaron a cada uno un anciano al que acompañaríamos durante el camino. A mí me tocó Juan Antonio, un señor del que no conocía nada, pero del que pronto sabría mucho, y con el que entablaría una corta pero entrañable amistad.

A continuación pusimos rumbo a la Catedral y empezamos a conversar con los que serían nuestros compañeros de viaje durante el trayecto. Enseguida supe que Juan Antonio era canario, que fue un estricto profesor de matemáticas y que llevaba muchos años viviendo en Murcia porque sus hijos trabajaban aquí. El dato acerca de su ciudad de origen y mi pasión por el fútbol me animaron a preguntarle por Las Palmas y su buen inicio de liga. Juan (me dijo que lo llamase así) compartía mi afición,y eso hizo que conectásemos pronto y tuviésemos una agradable charla. De repente, miré a mi alrededor: mis compañeros también dialogaban alegremente con los mayores que les habían asignado; ellos tenían ganas de hablar y nosotros de escuchar. Hicimos una parada en Santo Domingo para esperar al resto del grupo y nos encaminamos hacia la Catedral, donde estaba La Morenica.

Al llegar allí, los rostros de ilusión aumentaron. Algunos de los ancianos simplemente querían disfrutar de la salida (como era el caso de Juan), pero unos cuantos tenían muchas ganas de ver a la patrona de Murcia. Por ejemplo, recuerdo a una señora que había estado algo callada durante el camino, pero que al ver a La Morenica le susurró un "guapa, guapa y guapa" visiblemente emocionada que nos hizo sonreír a todos los que la rodeábamos. 

Una vez finalizada la visita, nos dirigimos al Centro de Día. Al pasar por Trapería éramos ya un cúmulo de chalecos rojos con caras sonrientes y la gente nos miraba con curiosidad. Espero que alguno de esos viandantes acabe descubriendo el voluntariado como me ocurrió a mí.
Algunos de los ancianos durante el camino de regreso
Al arribar a nuestro destino, a los mayores les esperaba la comida y a nosotros un aperitivo preparado por las trabajadoras del centro. Luego me despedí de Juan, y así concluyó un día especial en el que pude disfrutar de un agradable viaje con una gran compañía. Una vez más volví a darme cuenta que hace falta dar muy poco para recibir mucho, y que ese poco que damos supone una gran diferencia para quien lo recibe.
 
Feli

viernes, 16 de septiembre de 2016

Estos cinco años como voluntaria no los cambiaría por nada. Es una experiencia inolvidable y enriquecedora.

Mi idea de un niño hospitalizado era errónea: me los imaginaba convalecientes, tristes y doloridos. Ese era especialmente mi temor. Cuál fue mi sorpresa al descubrir la capacidad de adaptación que tienen, en general, ante la enfermedad. Los niñ@s que he atendido hasta ahora, en su mayoría, se han mostrado como son normalmente: niños deseosos de jugar y de romper la rutina de estar en un sitio en donde no pueden hacer su vida habitual.

Lidia junto al su equipo de voluntariado
Recuerdo al primer niño que atendí: Alejandro. Juntos hicimos una máscara para Halloween. Después me pidió que dibujara a un jugador de fútbol, entre risas y ante mi poca destreza artística, llegamos a un acuerdo y terminé dibujándole el escudo de su equipo de fútbol favorito. De esta forma tan sencilla logramos conectar y pasar una mañana divertida.

En otra ocasión estuve con otro niño en su habitación, esta vez estaba recién operado pero quiso hacer la actividad. La idea era dibujar un animal salvaje. Él dibujó un mono y después se sintió mareado. Avisé a la enfermera y después de examinarlo quiso continuar conmigo, aunque esta vez fui yo la que completó su dibujo dibujando una selva. Seguí sus instrucciones haciéndole partícipe de todo. Cuando acabamos mostró orgulloso su dibujo a su hermano mayor y al resto de su familia.

Ya no es sólo el compartir ese espacio con los niños pasando momentos maravillosos e inolvidables, sino que además ayudamos a que los padres o cuidadores tengan un tiempo de descanso de lo que supone la preocupación por el niño y el deseo de su pronta recuperación y regreso a la vida normalizada. En ese sentido siempre nos han recibido con una sonrisa y muy agradecidos. Tanto ellos como los niños que casi saltaban de la cama cuando nos veían aparecer por allí.

Otra anécdota fue en el aula hospitalaria que el Hospital Virgen de la Arrixaca nos cede para estar con los niños. En esta ocasión entró un niño bastante enfadado, llegó incluso a insultar a la voluntaria que estaba con él ayudándole a hacer la actividad. Yo, como coordinadora del grupo de voluntariado en ese momento, le dije que en ese espacio que compartíamos no nos hablábamos así, sino con buenas palabras. Y por el momento no le presté más atención. Cuando faltaba media hora para acabar, sustituí a mi compañera y me puse al lado del chaval. Lo primero que hice fue interesarme por lo que estaba haciendo y preguntarle si podía ayudarle en algo. Terminamos charlando acerca de su enfado, de cómo nos sentimos en momentos difíciles, de la necesidad de cuidarse y controlarse en momentos de ira, puesto que puede hacerse daño o hacer daño a otros sin querer, y de lo importante que es el tener a veces con quién hablar cuando se siente así. La manera en cómo se fue al salir del aula fue espectacular: sonriente, relajado y agradecido por haber tenido un momento en el que fue atendido respetando su espacio y sus sentimientos. 
Lidia leyendo un cuento a un niño hospitalizado
En muchas ocasiones, los voluntarios estamos tan preocupados porque la manualidad salga perfecta que nos olvidamos de mirarla desde el punto de vista del niño. Lo sencillo se vuelve la mejor forma de colaborar, siguiendo sus gustos, e incluso instrucciones cuando no pueden hacerlo por sí mismos, para hacerles partícipes. Así acabamos dibujando gatos de color rosa o perros con cinco patas…pero de una manera casi mágica volvemos por unos minutos a nuestra propia infancia donde todo es posible con la ayuda de la imaginación.
Todas estas experiencias no habrían sido posible si no hubiera formado parte del equipo de Fundación FADE, a quien agradezco infinitamente el haberme dado la oportunidad de colaborar en lo que ha sido mi primera experiencia como voluntaria y más adelante siendo coordinadora del grupo de voluntariado, durante estos cinco años y que no cambiaría por nada. Es una experiencia inolvidable y enriquecedora.

Lidia López, voluntaria en el Hospital Virgen de la Arrixaca

viernes, 29 de julio de 2016

La mejor medicina para los años y la soledad es una palabra de afecto

Estamos sentadas en la sala de espera de la consulta del médico. Estoy con Juana. Vive en la Residencia San Basilio. No tiene familia en Murcia y la acompaño a ver a su facultativo como voluntaria. La espera es larga y aburrida. Trato de hacerla más llevadera hablando sobre cualquier tema. Miro a Juana y  me encuentro con su sonrisa. En ella veo el cariño y el agradecimiento que tenía el gesto de mi madre cuando la escoltaba al médico y, con mi charla, la entretenía para aliviarla de sus dolores.
 
Juana me cuenta que tiene solo un hijo. Vive en Madrid y se encuentra muy delicado de salud. Viene a verla siempre que puede, pero cada vez más tarde y más enfermo. Me dice que habla con él por teléfono, pero le resulta muy difícil debido a su sordera. Siempre le cuenta que está bien; no quiere añadirle preocupaciones contándole sus achaques.

Le hago preguntas acerca de su vida. Mientras me cuenta dónde nació, dónde se casó, etc., se le ilumina la cara. Por unos momentos revive aquellos años rodeada de su familia, y su selectiva memoria borra de un plumazo la más pequeña sombra de infelicidad.
 
Ya es nuestro turno. El doctor llama a Juana por su nombre de pila. La trata con cercanía e inmensa ternura. A la vez que la ausculta, le roza la cara en una leve caricia. Es como si pensara que la mejor medicina para sus muchos años y su soledad es una palabra de afecto, una muestra de que para él es la paciente más importante del mundo.
Volvemos a la residencia. Dejo a Juana en su habitación, me despido de ella y, con sus manos en las mías, me da unas sencillas y sentidas gracias. De vuelta a casa, no dejo de pensar en ella y en cómo me he sentido con su compañía, y llego a la conclusión de que es un auténtico privilegio ser voluntaria.

Mari Carmen Andrés, voluntaria de FADE en la Residencia San Basilio

jueves, 28 de julio de 2016

"La dedicación y la atención desinteresada cura"

Sin un buen equipo no somos nada. Ésta es una de las cosas que he aprendido haciendo voluntariado en la Fundación FADE desde el año ¿2014? ¡Cómo pasa el tiempo!

La actitud del voluntario hacia sus compañeros y hacia los niños es primordial. Por suerte, eso es lo que encontré en mi grupo de los miércoles. Personas con actitud positiva, de gran corazón, responsables y con muchas ganas de divertirse.
Irene, en uno de los días de atención de su servicio
Por eso les he pedido que compartieran con todos vosotros sus pensamientos sobre esta experiencia. Aquí van algunos:

-"Cuando comencé el voluntariado, mi propósito era sacar una sonrisa. Pero ahora que llevo unos días, me he dado cuenta de lo mucho que estoy recibiendo de ellos".
Irene

-"Nosotros les damos nuestro tiempo y ellos nos regalan una sonrisa que ilumina nuestro corazón".
David

-"El primer día como voluntario de la Fundación FADE fue una sensación difícil de describir con palabras, porque sentía un cúmulo de sensaciones muy diferentes: curiosidad, impaciencia, nerviosismo… Todo era nuevo para mí. Al finalizar esa jornada, me invadió una sensación de bienestar increíble porque me di cuenta de que fueron las dos horas más fabulosas de toda mi vida por el mero hecho de haber hecho feliz a un niño. Esa sonrisa no tiene precio".
Pedro

-"Pensando en qué cosas buenas me llevo del voluntariado, me he dado cuenta de que una de ellas es ver el cambio de actitud que experimentan algunos niños cuando se les presta atención. Recuerdo haber oído decir algunas palabras a un niño que había dejado de hablar por un shock; haber visto a otro que no se reía nunca sonreír muchas veces y disfrutar de las actividades. Recuerdo a pequeños con dificultades para concentrarse en una tarea consiguiendo este objetivo y realizando una tarea cuando un voluntario se sentaba con ellos. Recuerdo haber visto aplaudir, abrazar y sonreír a una niña con dificultades para comunicarse, y a otra, que estuvo varios meses hospitalizada, dándonos lecciones de entereza. Y también he visto a muchas criaturas divirtiéndose, que se olvidaban de que estaban en el hospital. Podríamos decir que la dedicación y la atención desinteresada cura. Los nenes nos devuelven esa atención y dedicación con creces a través de sus sonrisas, sus palabras, su atención, sus lecciones y sus abrazos".
María José

A mí me gustaría recordar el caso de una niña que estuvo hospitalizada varios meses y que gracias a su esfuerzo, a la voluntad de sus padres, al trabajo de los médicos y enfermeros/as, y, sobre todo, gracias a nuestros juegos, pudo mejorar hasta tener el alta. Ella nos hizo reír, correr y emocionarnos. Nos hizo obras de arte para nosotros y, de hecho, las tenemos colgadas en nuestras casas. De esto se trata el voluntariado: de emociones.

Irene Manzanera, coordinadora del grupo miércoles en el Hospital Virgen de la  Arrixaca

lunes, 25 de julio de 2016

Ciudadanos de pleno derecho: elecciones en la Residencia San Basilio

Para todos es importante un día de elecciones. Reservamos ese día para ir a votar, ponemos en las urnas nuestras ilusiones esperando que otros muchos hayan elegido los mismos candidatos para el mejor Gobierno.

En la residencia San Basilio, para los ancianos es un día de fiesta, es como nos sentíamos en los primeros años de la democracia, pensando que son muy importantes y que su ejercicio de voto, como así es, les hace ciudadanos de primera.

Pero claro, hay muchos ancianos con una imposibilidad total para poder ejercer ese derecho: tienen una movilidad muy reducida, no tienen familiares que les acompañen y no les es posible acceder al colegio electoral.

Aquí aparecen los voluntarios, personas comprometidas con la sociedad más necesitada, que con una generosidad inmensa ponen un poco de su tiempo a disposición de los ancianos para empujar sus sillas de ruedas o brindarles un brazo para poder llegar hasta las urnas.

Acompañarlos a votar es muy gratificante, es comprobar que su ilusión en la democracia está intacta. Se acercan con su papeleta a la urna, oyen recitar su nombre y se sienten ciudadanos de pleno derecho.


Reportaje en Televisión Murciana sobre la labor de los voluntarios de FADE en las últimas elecciones 

Yo animaría a todas las personas a emplear un poquito de ese tiempo, que siempre nos sobra, en atender a unos ancianos que no tienen a nadie con quien compartir sus soledades. Ese tiempo que les regalamos, volverá a nosotros en forma de una sonrisa, de un gracias, en una caricia,…  y, sobre todo, podemos comprobar en su mirada que hemos conseguido llevarles la esperanza de que siguen importándole  a alguien.



Mari Carmen Andrés, voluntaria en la Residencia San Basilio

lunes, 18 de julio de 2016

“No tenía ni idea que el hospital era tan divertido”

Soy maestra de Primaria desde hace 8 años, aunque siempre he creído que nací con esta vocación, y puedo asegurar que en todo este tiempo no he sabido lo que en realidad se sentía siendo una profesional en este campo hasta que entré a formar parte de la Fundación FADE y trabajar, como voluntaria, en la ludoteca del Hospital Santa Lucía.

No os podéis hacer idea de lo que se siente cuando se sale de esa sala después de dos horas con los niños. Algunos pensaréis que es satisfacción (puede ser en ciertos momentos), pero para mí es aprendizaje 100x100. Los niños son mágicos, son capaces de normalizar la situación más complicada e, incluso, desmoronar cualquier teoría. Y eso fue exactamente lo que a mí me sucedió.

Ser voluntario cambió mi forma de dar clase, de enseñar a mis alumnos, de motivarles, de explicarles cosas complicadas que suceden en la vida y que nunca era capaz de tratar con ellos. Pero lo más importante es que me abrió los ojos y me desveló lo que realmente significa trabajar con niños, ya sea en la escuela o en cualquier otro ámbito.

Los jueves son siempre un desvelo para mí -y, por supuesto, para mi gran compañera de batallas- para intentar buscar actividades que motiven a los niños y que les hagan olvidar donde están. Y puedo asegurar que esos desvelos merecen totalmente la pena cuando veo las caras sonrientes de los niños al marcharse o al ver que se lo están pasando tan bien que no quieren irse.

La gente puede pensar que es duro ser voluntaria con niños hospitalizados, pero os puedo asegurar que todos esos miedos se van cuando abres la puerta de cada habitación y ves salir a los niños con esas caritas de felicidad hacia la ludoteca. Para mí esa sala es como la habitación mágica. Es entrar allí y los niños cambian por completo.

Junto al trabajo y trato con niños, también está el de los compañeros de equipo. Mis dos compis de batallas son increíbles y sin ellos esta experiencia no sería la misma.

Para finalizar, solo puedo decir que estoy muy agradecida de formar parte de este proyecto y que lo recomiendo, pero siempre sabiendo el compromiso que supone ser voluntario.

Me despido con dos frases que marcaron mi paso en el hospital, la primera fue de un niño y la segunda de la madre:
“No tenía ni idea que el hospital era tan divertido”
“Mi hijo no tenía ganas de jugar y gracias a vosotros lo está haciendo. Gracias por vuestra labor”
 Coordinadora del Proyecto SECUNDA Junior. Hospital Santa Lucía

lunes, 20 de junio de 2016

"He recibido más de lo que he aportado”. Experiencia de Laura Martínez Ros

La verdad es que soy una novata en esto del voluntariado, pero lo que sí puedo decir es que en estos meses he recibido más de lo que he aportado.

Soy voluntaria en el área infantil, pero siempre mis compañeras y yo encontramos un tiempo, cada día que vamos, para dedicarlo a realizar manualidades y carteles con frases motivadoras para subirlos al área de oncología. Ésta área no es la más animada, pues todos sabemos los graves problemas que padecen las personas que están allí, pero cuando vamos,  les dedicamos unos minutos de nuestro tiempo (un escaso tiempo que las personas ingresadas en oncología consideran muy valioso) para hablarles de nuestra labor, darles el detalle que hemos hecho y dejar que se desahoguen si así lo necesitan. Sinceramente no pensaba que dedicar unas horas de un día a la semana a realizar un voluntariado iba a ser tan gratificante, incluso estar deseando que llegue ese momento para poder ver la alegría de la que eres responsable cuando centras tu atención en una persona que la necesita.

Es por ello que si alguien se está replanteado realizar alguna labor como ésta o similar, le diría que siguiera adelante, porque me merece mucho la pena, por tí y por quien vas a ayudar.

Testimonio de Laura Martínez Ros, voluntaria en Santa Lucía